Lo peor es querer gritar y no poder por imperativo educacional
(el lastre bobo de la buena educación, dice una amiga)
Pero también es lo peor sustituir un buen enfado por una sonrisa cortés fría como un témpano y punzante.
Y lo peor también es sentir un cabreo de aúpa y cambiarlo (en modo automático) por una pena sosa.
Y renunciar a mi tiempo de libertad por sentirme útil (ese otro gran lastre mío, la utilidad).
Y que entre las palabras y los silencios el vacío tome posiciones entre nosotros.
Y que esta madrugada de sábado venga ya con vocación de pérdida y que haga calor y que los mosquitos patrullen concienzudamente cada centímetro de mi piel solitaria.
Lo peor es eso.
Lo peor es eso.






